Trayectorias

Publicado el

No puedo establecer un tiempo para lo que sucedió. Y tampoco lo encuentro necesario.

En alguna parte estaba escrito que las cadenas de la razón debían romperse ese día.

Hacía unos años que lo veía, pero no fue hasta hace unos pocos meses que comencé a mirarlo.

Es de esos hombres que se muestran resueltos ante la vida, pero en los ojos y el aliento se le ven las grietas de la soledad. Y no se trata de la acepción fácil de soledad por falta de compañía. Es un estado mas profundo, de esos que tienen los que no parecen encontrar a nadie con quien valga la pena compartir la vida.

Yo, ya había encontrado a ese alguien, o eso pensaba antes de que su abrazo dejara asentado el enigma.

El miedo de descubrirme en una soledad similar empezó a asediarme todos los días. El ardor de pensar que todas las respuestas que consideraba tener, nada podían hacer para combatir ante una nueva y firme pregunta. La pregunta que sus caricias (inocentes acaso) escribieron celosamente en mi piel.

Poco duró el éxito con el que conseguía escabullirme del escozor de su existencia. Con admirable compostura me mantuve al margen de la curiosidad que me despertaba su boca cuando nos encontrábamos solos.

Poco duró decía, porque fui débil ante la afanosa acumulación de deseo que perpetró en mi cabeza, con frases, porciones de piel descubiertas por dos estratégicos botones abiertos de la camisa, el calor de su aliento sobre mi hombro, quemándome en un abrazo.

No puedo echarle toda la culpa. Que sea cincuenta y cincuenta, como fue la entrega cuando nuestros cuerpos finalmente chocaron en la indecible desgracia del amor.

Pero antes de llegar a ese camino del relato, acaso sirva de fundamento para lo horrendo de mi accionar de extrema indulgencia, dejar dicho que cada circunstancial encuentro o charla de las que tuve con él, sirvieron para confeccionar constelaciones de sentimientos encontrados, absolutamente disímiles que me enseñaron sobre la belleza exuberante del caos en los sentimientos.

Dar cuenta de que luché, cuanto pude, pero la batalla de la victoria ocurrió finalmente en su cama.

Aplastada la razón por el lento descubrimiento de su piel desnuda, contestados todos los interrogantes por mis prendas abandonadas en el piso. Confirmadas las sospechas en el juego húmedo de su profundo beso, oscilando terriblemente entre respirar o besar. Un sólo aliento. Un sólo líquido espeso escurriéndose entre los dos. Un sólo aroma de lo que debía hacerse, de lo que ambos sabíamos, de lo que es imposible lamentar. Fuimos dos amantes desconocidos que prescindieron de itinerarios y trayectorias marcadas por la voz. Sólo de gemidos se cubrió el silencio.

Me dije, en la forma de un inútil susurro, que el desenlace estaba “cantado”, que es el mismo juego que jugaron miles, antes y al mismo tiempo que nosotros. Que ahí, en ese saciar de las ansiedades queda liquidado lo extraordinario para transfigurarse en ordinario y hasta en un resuelto error.

En realidad, hay una sabiduría en el cuerpo que supera a la mente y su axiología.

Está marcado el almanaque para vernos el sábado y seguir errando juntos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *